Testimonio de Aurora (Gavà, 66 años)
Soy Aurora, tengo 66 años y vivo en Gavà. Soy madre de tres hijas y estoy divorciada por violencia de género. Después de más de 36 años trabajando en la misma empresa, la cerraron y me quedé sin empleo. A mi edad, encontrar trabajo fue imposible y me vi sin recursos para poder vivir con dignidad.
Vivía en una casa de propiedad, ya pagada. Sin embargo, tras la separación, el banco se quedó la vivienda por una deuda que tenía mi expareja. Perdí mi casa y me concedieron un alquiler social. Mi única ayuda entonces era una prestación de 245 € por tener a mis tres hijas a cargo, pero era completamente insuficiente para asumir los 600 € del crédito que él había dejado pendiente.
A todo esto se sumaron el desempleo, la precariedad económica, la separación, la violencia sufrida y mi estado de salud: tengo reconocida una minusvalía del 57%. Soy dependiente energética, duermo con una máquina CEPAC y, si no la utilizo, puedo sufrir una muerte súbita. La electricidad, para mí, no es un lujo: es una necesidad vital.
En 2015 me cortaron la luz porque no podía pagar las facturas. Fui a Asuntos Sociales y me pagaron un recibo un viernes, en efectivo. La compañía no me devolvió la luz, porque los fines de semana no restablecen el suministro, y durante esos días no pude dormir con tranquilidad, con el miedo constante y sin poder usar mi máquina con normalidad.
Después de que me reconectaran, empezaron a llegarme facturas altísimas, de 200 € o más. Con 245 € al mes era imposible asumir esos importes. Fui a la compañía a reclamar porque no entendía esas cantidades, pero nunca me dieron una explicación clara. Curiosamente, cuando cambiaron los contadores, las facturas bajaron a 80, 90 o 100 euros. Aun así, para mí sigue siendo un esfuerzo enorme.
Cuando se aprobó el convenio con Endesa, fue como un flotador en medio del mar. Presenté mi informe de vulnerabilidad y eso me dio algo de tranquilidad: sabía que no podían cortarme la luz. Más o menos yo diría esto mirándolos a la cara: gracias a ese convenio yo podía vivir un poco dignamente. Con ese dinero podía comer medianamente y cubrir lo básico, y ellos no perdían beneficios multimillonarios por garantizar un derecho esencial.
Ahora que lo han eliminado injustamente, regreso a esa vida de incertidumbre y miedo, y como yo, miles de personas más. Volvemos a la angustia constante de no saber si podremos asumir los recibos, de pensar en futuros enganches por no poder pagarlos, de vivir con la amenaza permanente del corte. Por eso exijo que no jueguen con nuestro derecho a los suministros básicos. La electricidad no es un privilegio, es un derecho y, en mi caso, una cuestión de vida o muerte.
Aun así, viví situaciones de acoso y amenazas constantes por las deudas. Eso me generó un trauma, ansiedad y depresión. Me sentía inútil por no poder hacer frente a los pagos después de toda una vida trabajando.
En el piso de alquiler social sigo teniendo deudas de suministros que, a día de hoy, no puedo pagar. Aunque ahora estoy jubilada, mi pensión es muy baja y sigo siendo vulnerable. Vivo con miedo y angustia pensando en qué pasará cuando termine la moratoria o cambien las leyes, como la 24/2015. Temo que las deudas no condonadas puedan acabar en un juicio o en un corte de suministro. Aunque me reconocen como dependiente energética y dicen que no pueden cortarme la luz, siempre está la amenaza de la deuda y la responsabilidad legal.
También me he beneficiado del bono social. Gracias a ese descuento, a veces pago 20 o 30 euros menos, cantidades que más o menos sí puedo asumir. Pero el problema es que no siempre me envían facturas mensuales: a veces me mandan seis mensuales de golpe y entonces ya no puedo afrontarlo.
Después de todo lo vivido, encontré a la APE. Para mí fue como empezar de nuevo. Me tendieron la mano para que no me volvieran a cortar la luz y para empoderarme, para saber qué derechos tengo y cuáles son los límites de las compañías. Formar parte de la APE es un salvavidas porque me ayuda a nivel mental. Escuchar a otras personas, compartir experiencias y recibir asesoramiento me da fuerza y tranquilidad frente al miedo constante de que me corten la máquina que necesito para vivir.
Lo que hice fue buscar apoyo y opciones: acudí a servicios sociales, a la PAH y, sobre todo, a la APE. Siempre que puedo participo y me informo, porque sentirme acompañada y conocer mis derechos es lo que hoy me permite seguir adelante, a pesar del miedo y de la incertidumbre que todavía arrastro.